Desde su adolescencia escribía en papeles poemas para las chicas y las maestras. Pero el sudor se encargaba en desaparecer su musa y la tinta no dejaba huellas legibles de su arte, por eso, se acostumbró a plasmar las letras sobre cartones de cigarrillos asegurando así esa emoción sentida. Y en una esquina que lo inspira hace más de 27 años fluye la musa sin condiciones ni protocolos.
Vino a Puerto Rico desde Brooklyn, N.Y. con apenas seis años, y desde los ocho años se relaciona con el pueblo de Luquillo. Posee más de 42 temas grabados por grandes orquestas que en algún momento se han cantado sin saber que son de su autoría. Respeta mucho a los poetas y no se considera uno, sólo escribe (con muy buena métrica) de diversas situaciones para que se identifiquen las personas.
“Se me hace muy fácil componer. Es una conducta no aprendida y sí adquirida”, comenta Meléndez. Su primera oportunidad como compositor se la debe a Truco y Zaperoco donde cantó y a la Orquesta de Rafú Warner que creyó en él y entre ambos grabaron los temas: “Qué chula”, “Lo admito”, Sólo tú”, Me fascina” y “La necesito” entre otros.
La Sonora Ponceña, Andy Montañés, Tito de Gracia, Luisito Carrión, José Lugo, Bobby Valentín, Julito Alvarado, Villariny Salsa Project, Alex D’Castro, Choco Orta, José Leslie Escobar y Victoria Sanabria son algunas de las reconocidas figuras que han interpretado los temas de Gino. Además está planificando su primera producción como solista en donde incluirá un tema titulado “A Tite Curet Alonso” cuando todavía vivía el famoso compositor.
Admirador de Armando Manzanero y fanático de Roberto Ledesma desde joven, Gino Meléndez hereda maternalmente esa vena que lo caracteriza como uno de los mejores escritores contemporáneo, ya que con 43 años, el papá de Jonathan, está satisfecho del don que Dios le regaló y las grandes oportunidades con que la vida lo ha premiado.
La palabra HUMILDAD clasifica a este compositor que no deja de recitar, cantar y expresar ese talento tan maravilloso que todavía plasma en cartones de cigarrillos y nos confiesa su fórmula ganadora: ¡“Pídele, agradécele y humíllate ante Él”!, nada más.